domingo, marzo 05, 2006

Los Olvidados: la cultura como resistencia frente al olvido y la guerra en Colombia

Este texto fue presentado por Juan Gonzalo Betancur como una de las ponencias con las que se abrió el 2º Foro Latinoamericano Memoria e Identidad, realizado en Montevideo (Uruguay) el 14, 15 y 16 de octubre de 2005.



La imagen era sobrecogedora, parecía que estuviéramos metidos en una película sobre la guerra de Vietnam: 8 helicópteros del Ejército colombiano, unos artillados y otros solamente para el transporte de tropa, volaban en fila movilizando a un batallón que emprendía la persecución a una columna de guerrilleros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

Los alzados en armas habían robado en un sitio llamado La Tigrera unas 400 reses no sólo de finqueros acomodados de la región, es decir personas con algo de capital y tierras, sino, incluso, de campesinos que tenían apenas uno o dos animales.

Los helicópteros alzaron vuelo desde las afueras del municipio de Arenal y se dirigían hacia la Serranía de San Lucas, una zona del centro de Colombia conocida como el Magdalena Medio que desde hace 40 años ha sabido de guerras, violencia y de todas las tristezas que ello trae consigo.

Durante años, la serranía fue fortín del Comando Central del Ejército de Liberación Nacional (Eln), la segunda guerrilla más fuerte de Colombia, y desde hace una década es escenario de feroces luchas entre ésta y otras guerrillas de izquierda con grupos paramilitares de derecha que se disputan todos el control de los cultivos de coca y de la producción de la llamada 'pasta base', que son la materia prima de la cocaína. En buena medida, la lucha que sostienen ahí es por el control de ese negocio ilícito, el cual se volvió la gasolina principal que mueve la maquinaria de guerra de los grupos armados ilegales en Colombia.

Al final de la tarde anterior, cuando llegamos al pueblo, habíamos visto a los soldados en todas las calles. En todas partes, desde su campamento al otro lado del río, a menos de 200 metros de único templo católico, hasta los burdeles de mala muerte; desde las calles donde los niños jugaban fútbol hasta los callejones más oscuros. Al fin y al cabo Arenal es pequeño, no tiene 5 mil habitantes en su casco urbano y la tropa era grande aquella vez: unos 800 hombres que estaban armados como para ir a una guerra mundial.



Habíamos llegado allí para encontrarnos con el Grupo de Tamboras y Cantadoras, un grupo cultural maravilloso pero conocido escasamente en esa región olvidada. No es un grupo cualquiera. Por ejemplo, su tamborero mayor, Miguel Grimaldo Urquiza, un viejo de 70 años, alto, seco de cuerpo y de carácter, toca el instrumento con un ritmo heredado de sus ancestros traídos de África como esclavos hace 450 años.

Porque hay que advertir que Arenal es un pueblo negro, que nació en el siglo XVII escondido en la región. Es distinto a las demás poblaciones vecinas que se levantaron a orillas del río Magdalena, la principal arteria fluvial de Colombia por su descomunal tamaño y porque fue la autopista de agua por la que durante siglos se movió la economía nacional.

Y nació escondido porque fue un palenque en el que se refugiaban los esclavos fugados de minas y plantaciones de esa zona del norte de Colombia. Una región que es mezcla de Caribe y de sabana, con una vida y unas características bastante desconocidas para el resto de la nación, pese a que de ella se habla con frecuencia debido a las malas noticias que por esos lados ocurren.

Cinco minutos antes de haber escuchado los helicópteros y de haber corrido a la calle a ver qué pasaba, escuchábamos en la Casa de Cultura a tamboreros y cantadoras. Vimos a Miguel sacarle al tambor un toque casi único en Colombia pues sólo se escucha similar en San Basilio de Palenque, otro pueblito negro cercano a Cartagena de Indias, donde incluso todavía existe el dialecto bantú, el que hablaban algunos de los esclavos llegados de África en la época colonial. Escuchamos también a doña Águeda Pacheco, la voz líder del grupo, poseedora de una voz extraordinaria para este tipo de cantos. Escuchamos a los coristas, que repiten estrofas tan antiguas que ni ellos mismos saben de donde vienen pero que hablan de las especies de pájaros de la región, de las leyendas populares, de las historias que ocurrieron en el pueblo hace décadas, de las crecientes del río, de las fiestas populares, de la risa, de las nubes… Hasta de los llantos por la violencia y el olvido a los que han sido sometidos…

Y vimos también los ‘cantos brincaos’ que son juegos tradicionales que se acompañan con estrofas pegajosas y que antiguamente congregaban a todo el pueblo pues la gente los iba cantando en fila, tomada de la mano y dando brincos, mientras recorrían las calles. Al pasar frente a una casa o a quien venía caminando, invitaban a unirse a la cola. Dicen que cuando había mucha gente, el canto se escuchaba a kilómetros de distancia.

En medio del tronar asustador de la hilera de helicópteros, ahí al lado de viejas cantadoras y los jóvenes bailarines que permanecían junto a nosotros mirando hacia el cielo, al pie del árbol de tamarindo bajo el cual algunos adolescentes ensayan toques de tambor, nuestra certeza fue más que confirmada: en un país como Colombia, golpeado desde hace más de 40 años por un conflicto armado interno, esa confrontación está poniendo en grave peligro la inmensa riqueza cultural de la nación, la cual está representada tanto en la diversidad de su gente como en sus patrimonios materiales e inmateriales. Pero también, nos reafirmamos en que la cultura es una herramienta poderosa para transformar esa dramática realidad, la cual, lastimosamente, no ha sido explotada de manera suficiente.


Cultura frente al olvido y la muerte
Con esa certeza habíamos llegado a Arenal. Certeza que fue la columna vertebral de Los Olvidados, un proyecto de recuperación del patrimonio oral y musical regional, adelantado durante los años 2003 y 2004, que propició el encuentro y la visibilización de músicos tradicionales que eran olvidados de los medios de comunicación, de las empresas culturales y de la sociedad misma en muchos casos.

Este trabajo fue diseñado y coordinado por el Centro de Extensión Cultural de la Universidad Autónoma de Bucaramanga (UNAB), una institución de carácter privado que le viene apostando fuerte a la democratización de la cultura, a la divulgación del patrimonio cultural del Nororiente de Colombia y a la dignificación de los creadores.

El proyecto macro, del cual se derivó éste de Los Olvidados, se denomina sobreSaltos y ha implicado festivales de música contemporánea en espacios urbanos, abiertos al público en forma gratuita, en los que parques, calles y hasta plazas de mercado se volvieron espacios escénicos; toda una serie de conciertos igualmente en parques y plazoletas; un festival de rock de 10 horas; retretas en parques de la ciudad un domingo cada mes, algunos talleres de formación, y encuentros entre los artistas y el público en general para dialogar sobre el sentido de su trabajo y cómo lo realizan.

Dentro de esa perspectiva, Los Olvidados fue si se quiere un punto de madurez de este proyecto cultural macro pues planteó como objetivo general “visibilizar ante la sociedad colombiana y la opinión pública internacional la situación de riesgo en que se encuentra el patrimonio cultural tradicional y étnico de Colombia, así como las minorías culturales y sociales que lo atesoran, y generar un espacio de dignidad para los músicos y sus creaciones”.

Sus principales impulsores (Diana María Restrepo, Isabel Gómez Benito y Paco Gómez Nadal) partieron por identificar que Colombia es un país rico en culturas y cultura, pero que buena parte de ese caudal de tradición oral, música, saber y trabajo está en peligro y, en algunos casos, como por ejemplo en algunas comunidades indígenas del Amazonas y poblaciones campesinas de diferentes sitios del país, ya está en vías de extinción.

A pesar del duro esfuerzo emprendido por organizadores de festivales y certámenes regionales y locales, los músicos tradicionales blancos, mestizos, afrocolombianos e indígenas ven cómo su conocimiento no tiene herederos, sufren la marginación secular que va del hambre al olvido (incluso dentro de sus propias comunidades) y contemplan el éxito de la música importada frente a la que surge de la tierra, de la historia viva que ellos representan.

Buena parte de esa tradición está en manos de minorías que han sido marginadas de la vida nacional para ser sustituidas por una homogenización global forzada que las aleja cada vez más de los centros de decisión cultural, política y social.



Este proyecto cultural partió de eso y posó sus ojos en el departamento de Santander, en cuya capital está ubicada la Universidad Autónoma de Bucaramanga, e hizo particular énfasis en una amplia región que igualmente Santander comparte con otros departamentos: el Magdalena Medio. Y lo hizo por varios motivos:

Buena parte del departamento creció gracias al río Magdalena, el cual durante siglos fue la espina dorsal de Colombia y de su desarrollo. Sin embargo, esta región vive hoy una crisis social, política y económica de dimensiones difíciles de medir, que lleva a un olvido e ignorancia de sus pueblos y su cultura. Los siguientes indicadores, entregados por el Laboratorio de Paz de la región, son más que ilustrativos: mientras en Colombia el índice de necesidades básicas insatisfechas es del 22.9%, sólo en el Magdalena Medio es de 63.1%; mientras en Colombia el índice de calidad de vida es del 75.7%, en el Magdalena Medio es del 53%.

Diferentes proyectos y organizaciones llevan años en un proceso de articulación de la sociedad civil en la región y de resistencia frente a la arremetida de los grupos armados, grupos económicos, economías ilegales y otra serie de factores, sin que la visibilidad de esos procesos haya trascendido lo suficiente dentro de la sociedad colombiana y menos en otros países.

El Magdalena Medio es un espacio geográfico que reúne a más de 800 mil personas, tiene una identidad propia, pero no está reconocido como entidad político-administrativa dentro del Estado colombiano. Durante mucho tiempo fue una de las fronteras de colonización del país, una zona que pese a tener uno de los enclaves petroleros más importantes de Colombia, históricamente estuvo sumida en el olvido por parte del Gobierno Nacional y por los gobiernos regionales a los que les competía. Por eso, allí fueron a parar miles de personas excluidas y marginadas de muchos lados del territorio nacional.

Por eso su cultura tiene elementos de todos lados de Colombia: de las planicies del departamento del Cesar, de las zonas mineras y ganaderas de Antioquia, de las montañas de Santander, de los alegres mestizos y zambos de la Costa Atlántica, de los negros del Chocó, de los campesinos del Viejo Caldas y el Tolima, de la gente tímida de Boyacá y Cundinamarca. Allí, durante décadas se fue creando un modo de ser y sentir producto del ser y sentir de muchos lados, de miles de personas que emigraron a esos rincones huyéndole a las desgracias o a la persecución, o de los que llegaron buscando el futuro digno que siempre se les ha negado a tantos en su patria.

Por eso abundan las historias de desplazamiento y muerte, las vidas trajinadas entre la tristeza. Un dolor que se olvida cuando entra en ebullición la rumba, se prenden los parlantes enormes que hay en cada rincón, cuando la música sale a borbotones invitando a bailar, a deshacerse en medio del sudor, porque la alegría es la mayor redención de esas tierras.

Por esa procedencia tan diversa de sus gentes, la música es un crisol de tonos y sensibilidades: va desde la tambora hasta el vallenato, desde las décimas (coplas de diez versos que se cantan) hasta la música campesina de cuerda. Una riqueza folclórica y cultural sorprendente, pese a estar unidos por ese mismo cordón umbilical que es el río Magdalena y por nacer de la misma madre que es esta patria sangrante. Esos ritmos, pero también las historias de quienes los producen, fue lo que recogió el proyecto Los Olvidados.


Metodología y alcances
Con esa idea, que al comienzo estuvo en permanente construcción, comenzamos la investigación. Con asesoría del musicólogo Mauricio Lozano se determinó qué tipos de música eran característicos de la región escogida: por un lado, la zona montañosa del departamento de Santander y, por otro, la ribera del Magdalena. Con asesoría de un importante gestor cultural de la región, Carlos Vásquez, se identificó a 11 grupos musicales o personas que encarnaban ese saber y esas tradiciones musicales, y que efectivamente estaban en el olvido.

Con dicha información se contactó a los músicos (cosa compleja pues algunos vivían en zonas rurales o en pueblos con problemas graves de comunicación) y se hizo un primer viaje exploratorio a los diferentes municipios, donde se les planteó a los músicos la idea: realizar dos conciertos abiertos al público y gratuitos en la ciudad de Bucaramanga; ofrecer en las instalaciones de la Universidad Autónoma de Bucaramanga un espacio en el que estos músicos pudieran dialogar con ciudadanos, estudiantes, músicos de academia y en general todos aquellos que desearan, acerca de su saber musical y su cultura.

Y finalmente, hacer un trabajo etnográfico en la propia región que se tradujera en un libro en gran formato donde, a partir de crónicas y fotografías, se recogieran diferentes manifestaciones culturales orales de sus pueblos y comunidades: partiría de las historias de vida de ellos para abordar, desde ahí, la cuestión de la música local, su gastronomía, mitos y leyendas, medicina natural, oficios tradicionales, etc., todo ello sin perder de vista la historia y el contexto social y político de la región.

El libro iría acompañado también de un disco compacto de 13 canciones que, para prácticamente todos estos músicos, fue el principal aliciente pues casi ninguno había grabado nunca.


Todo esto se cumplió: a los dos conciertos programados asistieron en forma gratuita más de 3 mil personas y a los encuentros en la Universidad, unas 200. Los conciertos fueron emitidos para todo el país en dos especiales de televisión que transmitió uno de los canales públicos del Estado. La investigación para el libro se hizo en un trabajo de campo de un mes en los pueblos, en el cual estuvo el fotógrafo catalán Kim Manresa, quien es autor de más de 20 libros de fotografía.

El libro, que se titula Los Olvidados - Resistencia cultural en Colombia, se editó con 1.500 ejemplares en el país bajo el sello de Editorial UNAB y otros 1.000 ejemplares circulan en España gracias a una coedición con Editorial Blume. Cada uno viene con su disco compacto y gracias a la financiación lograda se pudo que ambos se vendieran al público por debajo de los costos mismos de producción.

Todo esto fue gracias al aporte económico de entidades oficiales de Colombia y España, así como agencias internacionales de cooperación. Pero, sobre todo, fue posible gracias a un equipo de profesionales que de manera voluntaria, sin obtener otro beneficio que la satisfacción de trabajar por la cultura, laboraron durante un año en diferentes tareas bajo la coordinación del Centro de Extensión Cultural de la UNAB.

Pero el proyecto no se quedó ahí: el libro se lanzó en las ferias del libro de Bucaramanga y Bogotá, cada uno con concierto incluido de los propios músicos olvidados; el Museo de Antioquia, de Medellín, donde se encuentra una muestra significativa de pinturas y esculturas del más famoso artista colombiano, Fernando Botero, hizo durante cinco meses una exposición con las fotografías del libro, la cual fue visitada por 64 mil personas.

Y para rematar, una de las canciones del disco compacto, una que identifica bien cómo es la música de ese pueblo que estuvo lleno de soldados y helicópteros, El negrito de Arenal, fue escogida por el Consejo Internacional de la Música (organismo asesor y consultor de la Unesco), como una de las tres canciones de música étnica de tradición oral más importantes del continente americano. La exaltación se hizo en Paraguay a final de 2004, donde se reunió la XI Tribuna de Música de América Latina y del Caribe, y el Foro Panamericano de Diversidad Musical, para escoger las composiciones más destacadas de toda América en siete categorías.


Fin de viaje
Culminado este proyecto, nos reafirmamos en nuestra certeza inicial: en un país donde se han ensayado todas las fórmulas para rebajar las calenturas de la violencia y la pobreza (como dice el libro) la cultura es una herramienta poderosa no explotada suficientemente. Se buscó algunas de las veredas musicales de la Colombia posible, de ese país oculto, empobrecido y olvidado que acumula el acervo cultural de esta nación.

De pueblo en pueblo, en un recorrido por río y carretera a lo largo de 350 kilómetros, visitamos Río Viejo, Arenal, Morales, San Pablo, Barrancabermeja, San Vicente de Chucurí y Landázuri, algunos de los cuales sólo son referencia para los colombianos o para el mundo cuando una masacre los vuelve noticia.

En ellos escuchamos a 53 músicos y a sus compadres (es decir, vecinos y amigos), y juntos, ellos y nosotros, reafirmamos que viajar por nuestros ancestros y nuestro patrimonio es el único camino para saber quiénes somos. Y por ende, para hacerle frente a tantas amenazas que acechan por ahí contra la identidad multiétnica y pluricultural de un país de colores como Colombia.

Este libro suena: mientras navega por las aguas del río Magdalena, va recogiendo los cantares de la gente y los sones de las guitarras, las tamboras y los acordeones.

En el altar de la música celebran su comunión las palabras y las imágenes. Estos textos y estas fotos de certera belleza eligen, así, la mejor manera de contar las desventuras de una región castigada por la violencia y la pobreza, que en la música encuentra rescate y redención.
Eduardo Galeano, en la contracarátula del libro Los Olvidados - Resistencia cultural en Colombia

1 comentario:

Rubén Caravaca dijo...

Magnífico trabajo.
Felicidades